Hamlet

Mantener la comunicación viene a ser algo parecido a firmar un contrato de divorcio y no mucho más sencillo que cultivar una relación con el anonimato, la pareja de hecho de las verdaderas relaciones públicas. El resto es farfulla, una competición de resistencia que consiste en recorrer el trayecto a un ritmo hacedero para la máquina del cuerpo. ¿Es posible en comunicación obviar la esfera privada del personaje? ¿Es preciso? La vida privada del personaje público representa el trampolín desde el que nos lanzamos a una piscina de tópicos. Ergo: cuando menos es recomendable, sí, y adéntrese en movedizas topías en el mismísimo universo de la utopía.

Se hace necesario refutar el prejuicio en su ostentación de la obra intelectual de la mujer y se hace necesario refutar el dato de las tantas de las que nos cuentan fueron intelectualizadas por sus maridos. Esa labor que al parecer se empeña en firmar la pareja en el contrato matrimonial. Resulta llamativo que la vida privada del intelectual consista en definir a la mujer que le respalda. No menos depravado que el hecho de que la vida de ella se halle en la descripción de las pesadumbres que condujeron a una meta susceptible de éxito. Una de las claves que permiten agradecimientos y que entreveramos con un mensaje que sin serlo, denominamos feminista.

¿Está la comunicación tiznada en la vieja prepotencia del varón? ¿Pautamos una comunicación desde el raído abuso de género? Nos enseñan a consumir voraces el tópico de las inherencias de la torpe clasificación cultural. Intentamos deglutirlo pero a veces resulta intragable y terminamos vomitándolo generando así esta comunicación de voces confusas y tonos tirando a grave. La comunicación sigue viniendo al mundo preñada en el vientre varonil y acatamos hambrientos la orden porque de lo contrario nadie pariría, resultado claramente inferior que despeja dudas en la elección. Cuándo empezaremos a entender que la creación no es producto de una clasificación egregia que bifurca los tallos. Y qué es ético y qué no lo es, demandaría Hamlet.

Voz

Tuvo que ser el poeta quien arremetiera con esta inclinación que no atiende a méritos: ´la voz es el sonido que forman algunas cosas inanimadas, heridas del viento o hiriendo en él´. Y leída la definición, no hay fuerza que margine a la delicadeza. Privados incluso de la facultad de hablar, la voz orquesta sinfonías viscerales de órganos que repugnan al gesto. Desde su textura más sencilla o en encrespada búsqueda de reencuentros y polifonía,  ¿de qué manera actúa la voz, una voz, la propia?

Articular en silencio la palabra voz aviva extrañamientos. Tan cercana como extravagante, una zeta que tabica y que algunos balbucimos en el intento de su sonido pautado. La voz desborda desde poderes simbólicos y lo apreciamos al escuchar la libertad del joven o cuando estremece la aplastante senilidad de la armonía. Somos voz y expresamos desde ella, pretendamos o no el territorio del lenguaje. Y vaya si empalagan las artes en el dominio de su embestida. No queremos escuchar canciones de flagelantes, aquellos monótonos ´Geisslerlieder´ con azote y latigazo.

La voz no es el instrumento que vehicula, también podemos escuchar los textos que la componen, una zona de nosotros que asedia con significaciones. Verborrea de sonidos que vomitamos a borbotones. Decir no es tan fácil cuando la basca se agolpa. No nos hallamos si no es en la templanza de la fuerza espiratoria y la moderación exige un registro ponderado. Llegamos a oírnos sin comprender la intención, respondiendo a cuestiones todavía sin forma porque son las voces que adelantan con riesgo.

Esto no es otra cosa que el puro hastío de verano con texto congestionado. Sonidos cesados a base de empacho, basura y fastidio. Saturados de necedades de imposible comprensión. Obstruidos de consonantes con el sabor del hartazgo. Que no entorpezcan el paso. Aire puro con el que barrer el desencanto y bendito silencio astringente, la vieja murria que nos contrae la putrefacción, las congestiones de voz. Feliz verano a quienes sepan escucharlo. De una voz, la propia.

cerdoInteresada en el análisis grafológico desde que me enganché a unas películas de sábado tarde à dos o tres asesinatos a diario, opté por asistir a un seminario de psicopatología clínico-grafológica. Quince fuimos las personas que acudimos al centro, motivados por la – al parecer – copiosa información que el experto puede decodificar en la escritura de una persona. Y apártese un poco porque aquí lanzo la tesis y está la cosa que huele: es usted un cerdo o en su defecto, una cerda. Créame, lo es y no ha lugar a discusión que en clase no hubo ventilaciones y esa fue la conclusión. Considere la posibilidad de hacerse jamón, que aquí no nos salvamos nadie. Yo lo he hecho, me rebano cuando acucia el hambre y la grasa como el pelo, la cosa vuelve a crecer.

´En la escritura reconocemos a quienes hayan sufrido daños materiales, económicos y psicológicos´. Esta fue la consigna con la que el especialista inauguró la primera sesión y claro, armada de las sensateces que me embargan, plegué los bártulos y traté de darme el piro. Gracil como es una, pero el piro al fin y al cabo. Sin embargo, al asir la manivela, el profesor imploró -  quédese mujer, el conocimiento no ocupa lugar y usted no es una cobarde-. – No, no, lo que soy es propietaria de un considerable perímetro craneal-, improvisé. Al poco obedecí, porque un señor no sobornable no me devolvía el pago. Y así me adentré en el universo de las tensiones emocionales con excitaciones desmedidas que hacen de la escritura un termómetro de la vulnerabilidad y del cinismo.

En el salón de mi hogar cuelga ya el certificado que me acredita legalmente para discernir a un individuo con frustraciones, de otro con conflictos en sus relaciones personales. Y todo, gracias a una ele por ejemplo. Es decir, que si firmo mis pesquisas, un juez me lo tiene en cuenta y eso sin averiguar cómo reveso ese día. Puedo leer entre líneas un episodio de comportamiento desleal, uno agresivo e incluso la más mínima pérdida de control. Una ojeada y registro si la escritura es evasiva o violenta, rasgo que se instala en el palito medio de la eme, por cierto. Reconozco de reojo a un egocéntrico y en medio día me especialicé en la distinción de desajustados emocionales. Una eficacia directamente proporcional a la subjetividad descompensada y que ocasiona determinados comportamientos inadecuados. Algo que esta servidora sufre entre horas, o sea, entre las 00:00h y las 24:00h.

Pues bien, dicho todo esto, adentrémonos en lo porcino. La grafología revela la personalidad del individuo porque todo parece indicar que la letra nos retrata. Y dado que juzgar a la persona por un solo rasgo es un inservible, lo hace a través del tamaño, el orden, la velocidad, la cohesión o la inclinación por ejemplo. Pero si hay algo que la escritura revela es la presión a la que sometemos al preso y el legado de la alevosía de quienes juzgamos con espíritu conciliador e incluso heroico por generoso. Como de costumbre viciados con el desconocimiento o peor, la falta de conocimiento. Somos despreciables. En nuestra naturaleza se halla el talento de embestir con el único objetivo de observar la reacción y después explorar conclusiones. Es la llamada educación, el arrinconamiento de la meta y el fin que justifica uno, y los medios. O sea, un cerdo y medio.

A P. F.

Qué risa

Como en todo ritual, el día llega tarde o temprano. Una joven madre tiende su mano a una chiquilla asustada. Los humanos somos como cerdos, capaces de palpar en la piel la fragancia del dolor inminente. El retrato de ambas quedará grabado en la memoria de muchos porque nos habita la cultura. Sus manos entrelazadas presionan los dedos de la pequeña y las convulsiones del miedo se diluyen en la célula madre del cordón cultural. A más tardar en ese momento, las dos mujeres se funden en una. El sol cae y el pasado emulsiona, alguien se ocupará de vallar el camino y la pequeña vulva de una hembra quedará sepultada en armonía.

Cuesta pronunciar costumbre cuando tratamos mutilación y la etnografía insiste desde su particular mirada porque cualquier cúmulo obliga severo a la aceptación. Somos cifras y cuanto más abultadas, mayor sentimiento de vida nos alberga. Y forcejeamos al encerrar en el fardo de millones a esas dos mujeres que erguidas, caminan hacia la ablación. Basura de hembra almacenada en un orden en el que predomina el silencio, ráfagas de silencios que se traducen en paz, de igual modo que lo hace la muerte. Es el sacrificio, la ofrenda a una deidad en señal de homenaje, o quizás en su siguiente acepción, la matanza destinada al consumo de los otros.

La capacidad de enajenación en cuanto al cuerpo, nos empuja al ritual. Dictaminarlo es el resultante de un argumento cuyo germen se halla en el miedo. Juicios que emitimos desde una convicción ética a la que nos sentimos adheridos y cuya ruptura, nos rasga las entrañas rompiendo en alaridos de rabias que exterminan las almas. Quizás la ablación lo logre, es muy posible, pero con suerte la vida podrá continuar a rastras. Decidir es sencillo cuando la opción que nos resta arroja un resultado inferior y así, henchimos la renuncia, el sometimiento y la sumisión. Eso de lo que conocemos incluso el aliento porque la degradación es el hedor que exhala la recompensa del éxito.

Y hay quienes gemimos el dolor de esa criatura desde el sosiego que nos produce conocer nuestra raíz, pero hay quienes se levantan cada día con el único objetivo de que la delicada vulva de una niña ceda su simbolismo a la propia vida. Algo que no puede ser consumo del otro. La retribución de quienes comprenden la vida sin el atajo del miedo, de quienes interpretan en el otro el amor propio, de quienes reconocen al individuo desde el derecho a la vida y de quienes hallan sus placeres en la plenitud de los otros. El resto nos dedicamos a hablar y dar ejemplo, mencionando las millones de cifras y al fin temerosos de que no nos escuchen entre humildes resuellos de alarido de fémina.

medialunaUna familia se pone en marcha con la única intención de arrancar unas raíces. Extraña costumbre cultivamos siempre en busca de raíces y a pesar de andar saciados. Tan vieja como el primate, la acción de marchar hacia atrás caminando hacia delante es una costumbre cuya adicción es tan humana como el cuerno de gacela. Esta noche canela, azahar y media luna y quién anduviera a estas horas navegando en vuestras aguas.

Cuídale con té y abundante hierbabuena.

primatequellora

Me enseñaron a reírme de la adversidad y practico esta actividad desde que inicié la colección de recuerdos susceptibles de olvido. Por ejemplo, un amigo se despeñó por un precipicio y cuando me enteré, reí. Por ejemplo, un amigo perdió su empleo y cuando me llamó, reí. Y otro ejemplo muy ameno: me hicieron daño y dolió y vaya, vaya, la chispa que me causó. No sabremos si es así, pero la vida parodia un aglomerado de calamidades prensadas y mezcladas con desgracia. Ante la duda, la jocunda recomendación previene trastornos varios y abundantes arrechuchos. Ríase usted socarrón y no olvide que jocundo se escucha enrevesado y profundo.

Y es que tanta alegría he sido capaz de engendrar que ya todo perdió su gracia. El hábito contribuye a la supervivencia o al menos así lo aprendimos, y leo las instrucciones antes de ingerir nuevas costumbres porque los efectos secundarios resultan devastadores. Mi empecinamiento con los regocijos devino en un descontrol de risa y todo por modificar una herencia de primates. Y descuide, que tratamos el trastorno con paroxetina, una pasta medicinal tan común como la aspirina y uno de los antidepresivos más prescritos del mercado para quienes adiestramos la inhibición de las funciones psíquicas. Otra acento con sorna.

Decía Lévi Strauss que un humanismo bien ordenado no comienza por sí mismo, sino que coloca al mundo delante de la vida, a la vida delante del hombre y al respeto por los demás, delante del amor propio. Y todavía escuchamos la risotada del antropólogo porque la salud psicológica es imposible, a no ser que lo esencial de la persona sea aceptado y respetado. De un cinismo mondo y lirondo este complicado Strauss y que no permite discusión, la verdad. Vuelve esta risa tan tonta y dónde están los placebos, que la píldora es amarga. Llore usted siempre que pueda porque reacción adversa al fármaco y otro efecto secundario, la involución tolerada.

 

PaquetedeJosé

Quienes nunca hemos recibido cartas a la vieja usanza, apreciamos la llegada de un mail como el chapuzón de la tarde de estos días de verano. Días que extenúan a golpe de parsimonia y que deciden acelerar precisamente en el momento en el que los deditos de los pies se desperezan entre frescores de olas. No conocemos el pasado porque un día optamos por olvidar y sin embargo siempre habrá quien insista en que él siempre fue mejor. Trato de imaginar la textura de un sobre en mis manos y la emoción al descifrar letras familiares, las del hermano que añoramos, las del amigo que nos desconcertó con un abrazo de consuelo, las noticias de quienes ya no queríamos escuchar tan lejos. Seguro que fue bonito, no dudaré, pero nunca mejor para quienes no lo conocimos.

Enciendo el ordenador por la mañana y aunque apenas tarda en hacer acto de presencia la foto del escritorio, espero a que un tropel de ventanas aparezcan sin que nadie lo pidiera y que recuerdan quién fui ayer tarde. También el programa de mail arranca sin permisos y entonces y con frecuencia sucede algo especial. Un puñado de correos exigen una atención, mails con lucecillas rojas a la espera de que apaguemos su destello pulsando una tecla que advierta de que por fin se ha leído. Y ese alguien somos nosotros porque son nuestros escritos, los que nos hablan y en ocasiones emocionan. Palabras al fin y al cabo y que en la neutralidad de una tipografía más, también capaces de salpicar con chispa. Eso también es bonito.

Curioso legado dejamos a nuestros hijos al insistir en eso peor de esta vida que toca vivir. Educamos en la mirada hacia el otro que siempre fue mejor que nosotros, hacia un tiempo que también fue mejor que el nuestro y hacia fuera porque duele mirar hacia dentro. Y puedo ponerme triste y decir que sí, que probablemente sea un buen modo de educar porque no dudaré. Pero nunca mejor para quienes confían en que eso que vivimos también refresca los deditos de los pies en una ola de ordenador. La que se siente incluso desde unos ojos cerrados. Un beso José y muchas gracias por acercarme a un pasado tal vez mejor, pero en este presente bonito.

 

FotoRicardoMartinHerrero

Aquí nos cabe la duda porque quién nos asegura silencios repantingados en un interior con ventanas abiertas y vistas al mar. No sabemos si algo escapa a simple vista y qué fortuna si es así porque se agradece ese carácter poroso de la comunicación. Porosa y esponjosa, comunicación de la que se desliza. Comunicación antroporosa por ejemplo, capaz de colmarte alojada en un interior que no es el tuyo. Y capaz de atravesar cada poro de tu piel, por lejos que estés.