Imagine a su interlocutor haciéndose el gracioso hablando de la desnutrición infantil de la que intentan escapar cada vez más familias españolas. O del maltrato que sufre la vecina del cuarto. O de los más de dos millones de ciudadanos catalanes que han dicho sí, sí. O de la fila de parados de la oficina del barrio, vecinos de toda la vida que ahora luchan contra un posible desahucio. Imagine y valore. Seguimos llamando humor al formato agudo que manipulado con pericia arranca la risotada en el lado que no toca. Y lo llaman humor cuando en realidad quieren decir atrocidad.

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Leo el discurso y me consuelo porque vuelvo a creer que es en la utopía donde verdaderamente nos hemos acuartelado, un exceso que deteriora el medio ambiente, lo avinagra. El drama actual consiste en levantarse de la cama recalando el pensamiento allí donde la tentativa bípeda se convierte en un esfuerzo sobrehumano. No hemos logrado sofocar la evolución por más que tratemos de extinguirnos con esta actitud sedentaria y eso sí que tiene mérito, aunque sólo atribuible a la naturaleza en su conjunto. Por algún motivo seguimos aquí.