Farsantes

Desgasta esta lógica de nuestras reivindicaciones, especialmente cuando las metas nos merecen la pena. La de hacerlas reales defendiendo lo que tampoco queremos. Por ejemplo, ¿luchamos contra la delgadez como carné de la vida?, reivindicamos la molla. Por ejemplo, ¿luchamos contra la corrupción?, sisamos al rico. Y por ejemplo, luchamos contra la moralina invocando a Lucifer. Ponemos el ojo en la paja ajena, la paja en el ojo bizco y entretanto, nuestro establo sin barrer. Que es como las bestias lo alcanzamos a tener.

Pero insisten en hacerme entender que esa lucha paradójica es hoy en día la única manera de ganar la batalla. ¿Batalla? ¿Será sin metralla, verdad? Me prevengo de mollas y no las tolero ni para mí, ni para quienes me rodean y con el mismo miramiento con el que tampoco deseo esqueletos desnutridos, corrupciones solidarias y angelitos vestidos de bermellón. Nos acribillan a puro de dispararnos batallas: la batalla contra la anorexia, la batalla contra la corrupción o la batalla contra las felaciones en la vía pública. Uno abandona con casco el hogar sin ni siquiera saber en qué ofensiva se halla.

Y sí, sí, cobarde, insolidaria y baldragas, pero no aspire a reclutarme porque no inscribirse en guerras, no nos hace pacifistas. Al igual que estar en paz, también nos convierte en guerreros. Hablando ya hemos comprobado que no se entiende la gente y sea en batalla, en vanguardia o retaguardia también impotentes. Lo único que discurrís es luchar hollando un margen, divide et impera, cebándonos con conflicto a base de partidismos. Y engañando a los ´nuestros´ con mentiras ajenas que reivindican lo propio: la molla, la farsa y la hoguera. Un infierno, una gloria suspirada o una forma de pasar la vida pudriéndonos con patrañas.

DosRombos
Mucho se ha hablado este verano de sexo oral, despreciando como de costumbre a este otro desgraciado y por escrito. Paladines de las causas vergonzantes, este artículo queda inaugurado como texto con rombo y vamos, vamos, que nos vamos. Y ya perdonará, pero si no es usted uno de mi medio fiel lector – ante el que por supuesto, me arrodillo hincándome en fuego, clavos y conciencias-, largo de aquí ipso facto porque pretendo desvelar unos cuantos pecadillos.

Corrían los años con polca cuando esta servidora aterrizó en Mallorca. Mis profundos conocimientos en la lengua de Die Fantastischen Vier peleaban con denuedo por convertirse pronto en el vehículo que me facilitara comprar en el Lidl. Pues bien, llegó mi primera oferta para traducir y por recomendación, chúpate esa. Acudí a la cita documentada y con gafas, pantalón negro, camisa rosa almidonada, chancletillas y unas perlas de mi abuela. Un pequeño diccionario y un bolso baratero. – Buenos días y Guten Morgen-, pronuncié paladeando, – Soy Patricia- añadí solemne. – Sind Sie prüde?-, consultó el señor contratador. – Nein, nein-, respondí ligerita. – Mein Name ist Patricia Soler. ´Patrgiizia´ wenn es sein muss und weil ich es mir Wert bin-. Y así, me llevé el trabajo.

En aquellos tiempos ya yo me había rodeado de expertos en esta materia que consiste en adivinar rapidito y sea lo que sea que te pongan por delante porque vaya, vaya, qué birria por una palabra. La cosa consistía nada más y nada menos que en traducir sexo oral a la lengua escrita y de Cervantes y con el fin de subtitular unas pelis que hay que ver, qué maniobra la gente. Una auténtica Marktlücke o nicho de mercado en el que me metí de cabeza y salí por pies porque aquellos diálogos eran de ´chupa y dómine´ que diría mi santa madre y que no levante cabeza, que ésta sí que me mata. Así, convoqué a una colega experta en materia traducible, aunque con los mismos conocimientos que yo en asignatura sexo. O sea: ah, oh y ¿¡¿¡¡¿pero qué están haciendo ahora?!?!!?

El trabajo me duró exactamente el mismo tiempo que el novio que yo tenía: una semana. Ambos me dejaron por otra. Para ser exactos, el cliente por un experto y mi chico por una que se descolgaba de una soga mientras pegaba unos alaridos que no había quien tradujera. En fin, así las cosas, Mallorca siempre me ha parecido una cajita de sorpresas. Una bombonera, ¿un cofre? Una auténtica tesorería. Y en cualquier terreno, claro, pero la guinda se ubica en el sexo y el sexo de nuevo en la guinda. Y sea oral, escrito, en Brailey o por teléfono, que esto será una isla, pero sabemos idiomas. Bienvenidos queridos turistas: diviértanse, y disfruten con guinda en la intimidad de su hotel. Que aquí ya no somos gazmoños y mucho menos voyeurs.

Esta curva editorial exige la escucha de la estupenda Puerto Presente de Macaco. /Y tó-tó-tó-tooomaaaa porque la vida es eso que pasa mientras tú haces esos planes y nunca es demasiado tarde pa comerte la vida, de un solo bocao/.  

Muchas gracias – querido público  /ooohhhhhh/ooooohhhh/ - por permitirme relatar que el detrito está en su casa porque esta curva editorial sólo delata a impostores si ustedes hacen preguntas. Yo no voté a Podemos. Voté a Jodemos que resultó más sugerente. Es lo que tiene cuando nos dejamos llevar por la publicidad y a mí siempre me ha fascinado. Esto de convencer al mundo de las bondades de algo es un talento. Ya no le digo si las bondades son de alguien y encima la persona es bella. Bella, bella, quién es el más bello. Nosotros los guapos – sírvase al gusto del slogan – es la más acertada muestra empírica de inteligencia y que levante la mano quien se pirre por el feo. Presente, /puerto presente, el ayer ya lo guardé en cajoncillos de papel/, porque lo intuyo honrado y huelga mencionar esta deformación de fóvea con la que un dentista me trae frita. No pienso gastarme un duro en substituir la hojalata.

Pues bien: ¿que qué estamos haciendo? Pues perdonen por el pues, pero: joder la marrana. /Pies tocando la tierra y mano levantá, gritaréééé/. Qué ahogo, por dios, entre los que se creen altos, se saben guapos y la conferencia episcopal, merma la reserva del ahorro y desborda la mala leche. Tanto cuesta, cuesta tanto, soportar tanta parábola porque ´la práctica del hijo único trae severas dificultades en la socialización del individuo´. Y no llego a transcribir lo de un fruto en las entrañas porque me da a mí que alguien se está refiriendo al plátano. Un tormento, pero no acuda usted a la iglesia, que allí encima reparten hostias bajo línea editorial. Que lo suyo es de cruces y el papa se cae de bruces porque se apagan las luces a base de escarraguces. Y permitan la invención, emulando el resultado de la emasculación de sus mulos. Don Quijote y Sancho Panza, que ser eran y estar estaban, pero hoy sólo aparecen cuando necesitan favores. /El pasado no lo recuerdo, lo olvidéééé/. 

Calma, calma y no se inquiete que aquí traigo los avisos. Ni se fíe usted de nadie, ni abra la puerta de casa que nadie da mucho por poco. El gobierno nos miente, la prensa nos toma el pelo y la publicidad nos engaña. Y cuidado con Podemos, porque en este planeta de simios, siempre que pueden joden o lo que viene siendo lo mismo: ahora que no podemos, también nos jodemos. Y arremeta con soltura, porque de lo que se trata ahora es de que poder pudieron, joder jodieron y encima a los demás, nos toca debemos. Y siga haciendo preguntas porque mi blog es su casa y aquí yo respondo diáfano y usted interpreta al gusto desde su propio paquete. Y ole, y ole, y ole, con mi curva editorial y su línea derechita. /Ooooohhh oooohhhh oooooohhhh nunca es demasiado tarde pa comerte la vida, y el pasado ya se fue y el presente camina de tu lao/.

Un día cualquiera me levanto a las ocho en punto y preparo la cafetera. Apenas degusto el café y pienso en el primer niño que muere desnutrido desde que estoy despierta. ¿Son dos? ¿Veinte? ¿Veinte mil? ´Angelito´ me digo, mientras avisan los retortijones. Entro en la ducha y pienso en las niñas a las que acaban de acuchillar por el clítoris. ¿Son dos? ¿Veinte? ¿Veinte mil? Abandono mi hogar masticando amargor y trabajo durante horas ahogada en la peste de los miles de cadáveres que caminan en busca de una vida. Llegada la noche, veo una película que trata el tema de una mujer, fotógrafa en conflictos bélicos, madre y esposa. En este orden, porque al parecer la ubicación altera la armonía pero no el resultado. Vuelvo a casa y vomito convulsiones. ´Mañana será peor´, me reconforto.

Cómo me gusto en el tono, pero hoy no tengo café. No, también yo vivo obviando olímpicamente la mierda que nos rodea porque me he convencido a mí misma de que la cobardía es el carné de la supervivencia. Apartando de un zarpazo la conciliación progenitor y profesional – y aprovecho para insistir en el estrecho parentesco que vincula sus significados -, me centro en la única escena de Mil veces buenas noches que merece mi atención y gracias a la voz de Ane Brun. Una chiquilla es preparada para su inmolación en algún lugar de Afganistán, al parecer la más singular vivencia que logra frenar el ímpetu profesional de una reportera cuya dedicación dice germinar en las rabias del bajo vientre. Es la mirada de madre la que se impone a la profesionalidad de pulsar el botón de una cámara que habrá de informar al mundo entero de lo que allí sucede. Conmovedor, sí, turbador incluso. Por repugnante.

Hablamos de valores humanos por no llamarlos grouchomarxianos cuando nos toca y porque todo depende. Salvemos a los niños porque nos hace héroes, rezaría sucio el slogan. Y distingamos a civiles con un arete en el brazo porque el conflicto se suaviza si no los matamos a ellos. Nos han adulterado para desangrarnos por la muerte de lo que denominamos niño y mantener la calma ante la abnegación total que el adulto lleva a cabo por amor, que también es la segunda acepción de la palabra holocausto. Se acabaron las contemplaciones y demás estafas culturales. Arrimar a una criatura más cerca de la vida que de la muerte nos hace personas a algunos, pero no nos hace héroes. Enardecemos nuestras avanzadas conciencias fotografiando la bomba que le explota a una madre, o mejor: a un padre. Otra vez el poder de la elección, porque arrancando ´sólo´ media vida del crío al menos seguimos siendo capaces de sorber una taza de café. Eso sí, tragamos el líquido negro pronunciando con dulzura el delicado ´Angelito´, cuando después, se nos muere de hambre.

PedazosMe he fabricado un pedestal en casa. Me subo todas las noches y me apeo a las siete de la mañana, qué remedio. Símbolo donde los haya, funciona a la perfección porque cubierta la cima, me inunda un sentimiento de solemnidad que amodorra a la fiera. Dormir en un podio y con almohada, subraya las certezas de mi soy: soy la número uno de mi república, la número uno de mi dictadura y la número uno de una monarquía absolutísima en la que, por supuesto, también hago las veces de reina. A partir de ahora, diríjase a mí caminando de espaldas. Y agradezca la orden porque mi frente suele ser morrocotudo.

Esto del y los poderes es del todo extraño. Cómo puede una montera inocular eso que llaman vigor, o que un uniforme almidonado invoque seguridad. O que un espejo pueda desbaratar siete años de su vida si usted es un cafre. La calle mismo. Hasta la más pequeña vía amonesta desde el mismísimo atributo de alguna prerrogativa. Un paso en falso y una calzada nos extirpa de cuajo nuestra condición de peatones. Bebemos y manejamos poder y el exceso resta puntos en el carné de la vida. Rodeados de ellos, manifiestos, palpables u ocultos, uno ya no abre con sosiego ni una lata de garbanzos, a puro de imaginar la milicia que al abandonar el tarro colonizará la baldosa.

Flemático, el poder nos adiestra. Nos devora impasible ante el fulgor de una razón doblegada. Y aunque sobrios censuramos su dominio, achispados le reímos la gracia, y una vez ebrios y alcoholizados de autoridades dirigimos sin batuta orquestas de licencias y concesiones. El espectáculo empieza y tu nuevo soy y tu viejo eras quedan convertidos en el preso de una celda. O de un hogar. O de un palacete. O de un gobierno entre rejas. Y así barremos añicos, pero desangra clavarnos las trizas de las basuras soberbias.

 

Auscultar

No me gustan los médicos y sin embargo no siempre acertaba a vivir sin ellos. En mi listín figuran más estomatólogos que bomberos por ejemplo, y eso que respeto profundamente el oficio porque olvido las llaves de casa con puntualidad trimestral. Lola, mi médica de cabecera ha llegado a curarme insanias, apariciones, espasmos y otros. Y cuando digo otros, también me refiero a las aceleraciones de estas pérdidas de estribos y llaves. Mi exquisita educación atenúa las riñas de estos operarios de bombas hidráulicas, pero consciente de la pérdida de tiempo, procuro agasajarles con tortilla de patata. ´Mi vida es un incendio´, confirmo sartén en mano y ellos me perdonan y despiden. No sin antes apagar la placa.

Y de cuando en cuando acudo al dentista presa de dos paletillas. Pero la última vez y al percibir el disimulo de un nuevo espanto, supe de lo incisivo de su glosario de críticas. – Tienes que dejarlo ya -, me dijo, – y cuando digo ya, ya es tarde-, mordió. Me revolví en la butaca y hasta en tres ocasiones abandoné la sala de espera dominada por temores y razones, pero la manivela de la consulta me impedía la huida. – Pínchame ya- gemí en mi tragedia. Poco tardaron en abalanzarse dos hombres y al fin me sedaron. Al despertar, la operación terminaba y mi dentadura relucía de nuevo bajo unos labios descarnados. Este postoperatorio es duro y la edad no perdona, de modo que he tomado en serio el consejo y he dejado de comer queso.

Pero algo ha detonado en mi vida hasta por fin desplomarla. Todo empezó un día al perder el cabello sin apenas darme cuenta. Sigilosos, los mechones planeaban hasta cubrir los deditos. Ilusa, me apresuraba a remendar calcetines mientras llamaba al callista y el hombre me desplumaba entre deflagraciones y sátiras. Un día la ofensa me pudo y pensé. Y pensé y pensé, hasta cortar el flequillo. Y de ese modo entendí que las uñas crecen despiadadas mientras el pelo se cae, implacable ley de vida. Y vida que tiene un precio y que aunque yo siga invirtiendo en huevos, también he dejado el queso y me ahorro las terapias. El callista será buen callista, pero yo soy una dama. Tozuda, peluda, con garras y llana, pero por encima de todo, una dama.

 

 

EscobasEn Zaragoza tenemos una vieja costumbre que no deberíamos echar a perder. Éramos todavía muy chicos pero cuando mi madre sentía la llegada del viento se apresuraba a la cocina, empuñaba una escoba y nos reclutaba a los cuatro en el balcón. Una vez instalados en el palo, mi madre propinaba una palmada al cepillo y nos despedía con un ´y puntuales a cenar que os haré canelones´. La yaya pilotaba y nosotros nos agarrábamos a las pocas carnes que nos envolvían porque en aquella época ni había cinturones, ni el cerdo venía con grasa. Qué buenos recuerdos apañan los vientos.

Mi padre que siempre tuvo mal de alturas procuraba no atestiguar el despegue, aunque años más tarde nos confesó lo mucho que apreciaba el respeto de mi madre por estas tradiciones de la cultura. Y por el tiempo libre que podían disfrutar cuando el ritual coincidía con los días laborables y las ganas de otras cosas. Imagino que se refería a preparar los canelones, una receta que mi madre siempre aseguró preparar con todo su amor. La cocina era su hogar y era allí donde jugábamos a pelar espárragos o contar lentejas, el pasatiempo que delató la necesidad de enroscarme unas buenas lentes y que degeneró en mi total desapego culinario.

Sea como sea, sobrevolar la ciudad nos permitía explorar lugares que de otro modo nunca hubiéramos descubierto. Como además la yaya había pertenecido durante la Segunda Guerra Mundial a la Patrulla Acrobática Paracaidista del Ejército del Aire, dibujaba filigranas en el aire que nunca hemos olvidado. Especialmente mi hermana, que quedó enganchada en la punta del campanario convocando así a los bomberos en lugar de feligreses y mientras nosotros rezábamos un Vía Crucis, por hacer algo. Ni siquiera los riesgos de aquel episodio disuadieron a mi madre y creo que hizo bien, de lo contrario tal vez nos hubiéramos hecho mayores antes de hora. Algo que nunca es bueno.

Y claro, el hábito quebranta al monje y aquí ando entre cosquilleos. Sopla el viento y cuando eso sucede todos los mecanismos se ponen en marcha. También yo: casco, gafas, queso y pelitos de punta. Una llamada a la torre de control y a volar. Volveré puntual a la hora de la cena, de modo que si usted se encarga de los canelones, prometo relatarlo todo teórica, relativista y objetiva, como lo hace la antropóloga. Alguien tiene que preservar las viejas costumbres. Las buenas, claro, las que de verdad alimentan esta cultura tan desnutrida y que algunos insisten en abandonar a la deriva.

 

 

Particulas

Tiras una piedra al mar y flota. Durante un tiempo que no sabemos medir, la piedra parece recorrer el horizonte sucio que alcanzamos con una visión deteriorada. Llegado el turno del oído, escuchamos el sonido de su hundimiento. Después es la imaginación quien a solas hace su trabajo. La piedra quedará suspendida en un balanceo de corrientes y nunca pisará los fondos porque sotabancos de supervivencias vencerán la revuelta coral de las grietas del suelo marino. Somos capaces de suponer en las tinieblas las migas de una luz que engatusa a los engaños. Comportamientos casi casi humanos.

Ahí arriba trabaja una máquina exquisita porque el cerebro se cocina a sí mismo con cordura, la prudencia de los sesos que desprende el vapor de reflexión. Tras la combustión una parte del pensamiento queda convertida en partículas en suspensión. Los gases se expanden con soltura y aunque a simple vista no lo vemos, a nuestro alrededor ondean ideas diminutas, sospechas, pedacitos de entusiasmo o de recelo. Y aunque dulce al paladar, también atronador al oído por vocinglero. ´Que callen´ cocinamos, colocando un señuelo a la afasia, pero no nos dejan y se recochinean satirizando la esperanza del sigilo.

Debemos cocinar para evitar la migraña, los vapores tienen que encontrar su curso porque producen vértigos y desmayos. Los líquidos adoptan la forma de su recipiente y los cuerpos terminan en pies que se amoldan a la hinchazón en la humedad. Un exceso de fluido nos impide caminar. No quiero imaginar qué sería de nosotros en esas circunstancias si nos lanzaran al mar. Flotaríamos un tiempo que no sabemos medir y después nos hundiríamos en busca de una cornisa sobre la que descargarnos. Agarrados a ella con fuerza buscaríamos la luz y acto seguido moriríamos. En estado líquido, la imaginación congestiona.

Perfume

Dicen que el perfume está presente en la historia humana, otra manera más de girar los escritos porque son las fragancias quienes vaporizan los acontecimientos. Nos guía el apetito y manipula el olfato. Que levante la mano quien no haya olisqueado en alguna ocasión el muslo de un camarero y no haya terminado devorando el carnero. Así está el oficio, en periodo de extinción por falta de aseguradora. Y no simplifiquemos con la antropofagia, porque nadie sale ya de isquiotibiales.

Confirmé la tesis el mismísimo día en que me enteré de que los sacerdotes egipcios acostumbraban a fumigar sus oraciones con perfumes. Hemos de imaginar a un señor en calzón y con peluca pulverizando al devoto el fervor por las divinidades. De ahí que los templos devinieran en antros impúdicos, con un exceso de exhalaciones y fluidos obstinados en la retórica sensual. Aquella gente dedicaba las primeras horas de la jornada al acicalamiento de sus efigies, algo así como pulverizar a Cristo con Kenzo antes de salir de casa. A Buda, si lo desea. ¿Justin Bieber? Homer Simpson.

Ha habido quién ha intentado incluso maniobrar el curso de la historia manipulando el perfume. Pero no, las fragancias nos pueden y por más flacon de perfume en la tumba de Tutankamón, pero la realidad era que fue un cochino. El faraón no se hizo enterrar para exaltar su pureza con los aromas de kyphi como nos insinúan. Se lo cepillaron por hediondo y rociaron el sepulcro por infumable. ¿O alguien entierra a sus muertos con tres mil botes de aromas? Que no, que no, que es el perfume quien pulveriza la historia. Y quien dice el perfume, dice también los efluvios, la pestilencia, el hedor y las nauseas.

Y no menos inverosímil es la historia de Venus. Los griegos, aquel pueblo obsesionado en el vello del bello, nos hicieron creer que la rosa, antes blanca e inodora, adquirió su color rojo el día en que Venus se clavó una espina y derramó su sangre sobre ella. ´Su fragancia germinaría al recibir el beso de Cupido´. Y toma y toma, y dale que toma. Venus lo que tenía era el periodo y el que realmente se le apareció fue Vulcano, que encima lo hizo en caliente. De hecho Robert Graves, un señor con casa en Mallorca, dejó hace años más que clarito lo de Cupido y la Psique.

En fin, ha llegado la hora de que alguien nos apee de tanta patraña porque son nuestros olfatos quienes nos conducen por los caminos que crean la historia. El lenguaje de los olores es uno de los más intensos en su poder de convicción y podemos ser manipulados por la vía nariguda. Sea usted el apéndice de una napia, una ñata, una trompa o un hocico, todo el cuerpo duerme a excepción de la nariz, encargada de la supervivencia desde su protuberancia. El anthropos se atrae por olfatos, una información que se procesa junto a la emoción, el miedo, la memoria o la atracción. Y la historia, nos guste o no, se fabrica con olfato. Con narices, de narices y por narices.

EnlaLuna

El 31 de julio de 1964 preparé una mochilita. Una muda, queso de cabra, una rebeca de verano, el Deutsche im Zweiten Weltkrieg, una cerveza Ambar, grano, el teléfono móvil y un limpiaparabrisas porque la vista nunca ha sido mi fuerte. Los enseres necesarios para un viaje de largo recorrido. El cepillo de dientes lo llevo siempre en el pasaporte, junto a los papelotes del banco y una libretilla en la que apunto aburrimientos. Se me olvidó el boli, mecachis y además, el queso se pegotea en los dientes, la verdad. En fin, cerré a conciencia la puerta de casa y acudí a mi cita: despegar desde la Tierra en la Ranger 7 rumbo a no recuerdo bien el nombre aunque sé que me gustó.

Cuenta la leyenda que aquel cacharro navegó habitado únicamente por unas cámaras de televisión, pero no es cierto. También yo compré un billete en la Ranger. De segunda pero billete, y en realidad uno y medio porque sin Olvido no voy a ningún lado. Los Estados Pegados de la América de aquellos tiempos no permitieron que nuestros nombres salieran a la luz. A ningún lado, para ser exactos. Normal, en aquella época Olvido no articulaba lozana como para andar informando a la NASA con un micrófono. El único requisito que se nos exigía a la realmente escasa tripulación. Eso, o el carné de soprano, así que huelga decir que no nos tuvieron en cuenta. De hecho nos alojaron bajo un motor, sin instrucciones y tampoco cinturón. Dios, con qué pelos que llegamos.

Laaaa… ¡Luna! Eso, eso, ahora recuerdo. La cosa consistía en ir a un lugar llamado Luna. No recordaba haber escuchado nada sobre esta zona pero siempre me atrajo viajar y nunca he puesto demasiado interés en el destino. Puede resultar estrambótico pero a mí lo que realmente me hacía feliz era pillar el queso. Y lo mismo a mi gallina, que ahora está viejita pero guarda buen recuerdo a pesar de lo dura que está siendo la convivencia. El hastío me saca de quicio y Olvido nunca digirió adecuadamente la pasta de dientes, de modo que pasadas las primeras 48 horas, le dio por comer cables. ´Olvido, contente que esto no me huele bien´, le decía yo, pero el vacío nos pudo. Tanto es así, que el único artilugio que no fue capaz de mordisquear fue mi teléfono móvil. De ahí las fotos que ustedes conocen y esta peste del quince.

A ver: Listerine y un boli, porque esta apesta, yo me aburro y encima, no puedo anotarlo. 

Hamlet

Mantener la comunicación viene a ser algo parecido a firmar un contrato de divorcio y no mucho más sencillo que cultivar una relación con el anonimato, la pareja de hecho de las verdaderas relaciones públicas. El resto es farfulla, una competición de resistencia que consiste en recorrer el trayecto a un ritmo hacedero para la máquina del cuerpo. ¿Es posible en comunicación obviar la esfera privada del personaje? ¿Es preciso? La vida privada del personaje público representa el trampolín desde el que nos lanzamos a una piscina de tópicos. Ergo: cuando menos es recomendable, sí, y adéntrese en movedizas topías en el mismísimo universo de la utopía.

Se hace necesario refutar el prejuicio en su ostentación de la obra intelectual de la mujer y se hace necesario refutar el dato de las tantas de las que nos cuentan fueron intelectualizadas por sus maridos. Esa labor que al parecer se empeña en firmar la pareja en el contrato matrimonial. Resulta llamativo que la vida privada del intelectual consista en definir a la mujer que le respalda. No menos depravado que el hecho de que la vida de ella se halle en la descripción de las pesadumbres que condujeron a una meta susceptible de éxito. Una de las claves que permiten agradecimientos y que entreveramos con un mensaje que sin serlo, denominamos feminista.

¿Está la comunicación tiznada en la vieja prepotencia del varón? ¿Pautamos una comunicación desde el raído abuso de género? Nos enseñan a consumir voraces el tópico de las inherencias de la torpe clasificación cultural. Intentamos deglutirlo pero a veces resulta intragable y terminamos vomitándolo generando así esta comunicación de voces confusas y tonos tirando a grave. La comunicación sigue viniendo al mundo preñada en el vientre varonil y acatamos hambrientos la orden porque de lo contrario nadie pariría, resultado claramente inferior que despeja dudas en la elección. Cuándo empezaremos a entender que la creación no es producto de una clasificación egregia que bifurca los tallos. Y qué es ético y qué no lo es, demandaría Hamlet.

Voz

Tuvo que ser el poeta quien arremetiera con esta inclinación que no atiende a méritos: ´la voz es el sonido que forman algunas cosas inanimadas, heridas del viento o hiriendo en él´. Y leída la definición, no hay fuerza que margine a la delicadeza. Privados incluso de la facultad de hablar, la voz orquesta sinfonías viscerales de órganos que repugnan al gesto. Desde su textura más sencilla o en encrespada búsqueda de reencuentros y polifonía,  ¿de qué manera actúa la voz, una voz, la propia?

Articular en silencio la palabra voz aviva extrañamientos. Tan cercana como extravagante, una zeta que tabica y que algunos balbucimos en el intento de su sonido pautado. La voz desborda desde poderes simbólicos y lo apreciamos al escuchar la libertad del joven o cuando estremece la aplastante senilidad de la armonía. Somos voz y expresamos desde ella, pretendamos o no el territorio del lenguaje. Y vaya si empalagan las artes en el dominio de su embestida. No queremos escuchar canciones de flagelantes, aquellos monótonos ´Geisslerlieder´ con azote y latigazo.

La voz no es el instrumento que vehicula, también podemos escuchar los textos que la componen, una zona de nosotros que asedia con significaciones. Verborrea de sonidos que vomitamos a borbotones. Decir no es tan fácil cuando la basca se agolpa. No nos hallamos si no es en la templanza de la fuerza espiratoria y la moderación exige un registro ponderado. Llegamos a oírnos sin comprender la intención, respondiendo a cuestiones todavía sin forma porque son las voces que adelantan con riesgo.

Esto no es otra cosa que el puro hastío de verano con texto congestionado. Sonidos cesados a base de empacho, basura y fastidio. Saturados de necedades de imposible comprensión. Obstruidos de consonantes con el sabor del hartazgo. Que no entorpezcan el paso. Aire puro con el que barrer el desencanto y bendito silencio astringente, la vieja murria que nos contrae la putrefacción, las congestiones de voz. Feliz verano a quienes sepan escucharlo. De una voz, la propia.

cerdoInteresada en el análisis grafológico desde que me enganché a unas películas de sábado tarde à dos o tres asesinatos a diario, opté por asistir a un seminario de psicopatología clínico-grafológica. Quince fuimos las personas que acudimos al centro, motivados por la – al parecer – copiosa información que el experto puede decodificar en la escritura de una persona. Y apártese un poco porque aquí lanzo la tesis y está la cosa que huele: es usted un cerdo o en su defecto, una cerda. Créame, lo es y no ha lugar a discusión que en clase no hubo ventilaciones y esa fue la conclusión. Considere la posibilidad de hacerse jamón, que aquí no nos salvamos nadie. Yo lo he hecho, me rebano cuando acucia el hambre y la grasa como el pelo, la cosa vuelve a crecer.

´En la escritura reconocemos a quienes hayan sufrido daños materiales, económicos y psicológicos´. Esta fue la consigna con la que el especialista inauguró la primera sesión y claro, armada de las sensateces que me embargan, plegué los bártulos y traté de darme el piro. Gracil como es una, pero el piro al fin y al cabo. Sin embargo, al asir la manivela, el profesor imploró -  quédese mujer, el conocimiento no ocupa lugar y usted no es una cobarde-. – No, no, lo que soy es propietaria de un considerable perímetro craneal-, improvisé. Al poco obedecí, porque un señor no sobornable no me devolvía el pago. Y así me adentré en el universo de las tensiones emocionales con excitaciones desmedidas que hacen de la escritura un termómetro de la vulnerabilidad y del cinismo.

En el salón de mi hogar cuelga ya el certificado que me acredita legalmente para discernir a un individuo con frustraciones, de otro con conflictos en sus relaciones personales. Y todo, gracias a una ele por ejemplo. Es decir, que si firmo mis pesquisas, un juez me lo tiene en cuenta y eso sin averiguar cómo reveso ese día. Puedo leer entre líneas un episodio de comportamiento desleal, uno agresivo e incluso la más mínima pérdida de control. Una ojeada y registro si la escritura es evasiva o violenta, rasgo que se instala en el palito medio de la eme, por cierto. Reconozco de reojo a un egocéntrico y en medio día me especialicé en la distinción de desajustados emocionales. Una eficacia directamente proporcional a la subjetividad descompensada y que ocasiona determinados comportamientos inadecuados. Algo que esta servidora sufre entre horas, o sea, entre las 00:00h y las 24:00h.

Pues bien, dicho todo esto, adentrémonos en lo porcino. La grafología revela la personalidad del individuo porque todo parece indicar que la letra nos retrata. Y dado que juzgar a la persona por un solo rasgo es un inservible, lo hace a través del tamaño, el orden, la velocidad, la cohesión o la inclinación por ejemplo. Pero si hay algo que la escritura revela es la presión a la que sometemos al preso y el legado de la alevosía de quienes juzgamos con espíritu conciliador e incluso heroico por generoso. Como de costumbre viciados con el desconocimiento o peor, la falta de conocimiento. Somos despreciables. En nuestra naturaleza se halla el talento de embestir con el único objetivo de observar la reacción y después explorar conclusiones. Es la llamada educación, el arrinconamiento de la meta y el fin que justifica uno, y los medios. O sea, un cerdo y medio.

A P. F.

Qué risa

Como en todo ritual, el día llega tarde o temprano. Una joven madre tiende su mano a una chiquilla asustada. Los humanos somos como cerdos, capaces de palpar en la piel la fragancia del dolor inminente. El retrato de ambas quedará grabado en la memoria de muchos porque nos habita la cultura. Sus manos entrelazadas presionan los dedos de la pequeña y las convulsiones del miedo se diluyen en la célula madre del cordón cultural. A más tardar en ese momento, las dos mujeres se funden en una. El sol cae y el pasado emulsiona, alguien se ocupará de vallar el camino y la pequeña vulva de una hembra quedará sepultada en armonía.

Cuesta pronunciar costumbre cuando tratamos mutilación y la etnografía insiste desde su particular mirada porque cualquier cúmulo obliga severo a la aceptación. Somos cifras y cuanto más abultadas, mayor sentimiento de vida nos alberga. Y forcejeamos al encerrar en el fardo de millones a esas dos mujeres que erguidas, caminan hacia la ablación. Basura de hembra almacenada en un orden en el que predomina el silencio, ráfagas de silencios que se traducen en paz, de igual modo que lo hace la muerte. Es el sacrificio, la ofrenda a una deidad en señal de homenaje, o quizás en su siguiente acepción, la matanza destinada al consumo de los otros.

La capacidad de enajenación en cuanto al cuerpo, nos empuja al ritual. Dictaminarlo es el resultante de un argumento cuyo germen se halla en el miedo. Juicios que emitimos desde una convicción ética a la que nos sentimos adheridos y cuya ruptura, nos rasga las entrañas rompiendo en alaridos de rabias que exterminan las almas. Quizás la ablación lo logre, es muy posible, pero con suerte la vida podrá continuar a rastras. Decidir es sencillo cuando la opción que nos resta arroja un resultado inferior y así, henchimos la renuncia, el sometimiento y la sumisión. Eso de lo que conocemos incluso el aliento porque la degradación es el hedor que exhala la recompensa del éxito.

Y hay quienes gemimos el dolor de esa criatura desde el sosiego que nos produce conocer nuestra raíz, pero hay quienes se levantan cada día con el único objetivo de que la delicada vulva de una niña ceda su simbolismo a la propia vida. Algo que no puede ser consumo del otro. La retribución de quienes comprenden la vida sin el atajo del miedo, de quienes interpretan en el otro el amor propio, de quienes reconocen al individuo desde el derecho a la vida y de quienes hallan sus placeres en la plenitud de los otros. El resto nos dedicamos a hablar y dar ejemplo, mencionando las millones de cifras y al fin temerosos de que no nos escuchen entre humildes resuellos de alarido de fémina.

medialunaUna familia se pone en marcha con la única intención de arrancar unas raíces. Extraña costumbre cultivamos siempre en busca de raíces y a pesar de andar saciados. Tan vieja como el primate, la acción de marchar hacia atrás caminando hacia delante es una costumbre cuya adicción es tan humana como el cuerno de gacela. Esta noche canela, azahar y media luna y quién anduviera a estas horas navegando en vuestras aguas.

Cuídale con té y abundante hierbabuena.

primatequellora

Me enseñaron a reírme de la adversidad y practico esta actividad desde que inicié la colección de recuerdos susceptibles de olvido. Por ejemplo, un amigo se despeñó por un precipicio y cuando me enteré, reí. Por ejemplo, un amigo perdió su empleo y cuando me llamó, reí. Y otro ejemplo muy ameno: me hicieron daño y dolió y vaya, vaya, la chispa que me causó. No sabremos si es así, pero la vida parodia un aglomerado de calamidades prensadas y mezcladas con desgracia. Ante la duda, la jocunda recomendación previene trastornos varios y abundantes arrechuchos. Ríase usted socarrón y no olvide que jocundo se escucha enrevesado y profundo.

Y es que tanta alegría he sido capaz de engendrar que ya todo perdió su gracia. El hábito contribuye a la supervivencia o al menos así lo aprendimos, y leo las instrucciones antes de ingerir nuevas costumbres porque los efectos secundarios resultan devastadores. Mi empecinamiento con los regocijos devino en un descontrol de risa y todo por modificar una herencia de primates. Y descuide, que tratamos el trastorno con paroxetina, una pasta medicinal tan común como la aspirina y uno de los antidepresivos más prescritos del mercado para quienes adiestramos la inhibición de las funciones psíquicas. Otra acento con sorna.

Decía Lévi Strauss que un humanismo bien ordenado no comienza por sí mismo, sino que coloca al mundo delante de la vida, a la vida delante del hombre y al respeto por los demás, delante del amor propio. Y todavía escuchamos la risotada del antropólogo porque la salud psicológica es imposible, a no ser que lo esencial de la persona sea aceptado y respetado. De un cinismo mondo y lirondo este complicado Strauss y que no permite discusión, la verdad. Vuelve esta risa tan tonta y dónde están los placebos, que la píldora es amarga. Llore usted siempre que pueda porque reacción adversa al fármaco y otro efecto secundario, la involución tolerada.

 

PaquetedeJosé

Quienes nunca hemos recibido cartas a la vieja usanza, apreciamos la llegada de un mail como el chapuzón de la tarde de estos días de verano. Días que extenúan a golpe de parsimonia y que deciden acelerar precisamente en el momento en el que los deditos de los pies se desperezan entre frescores de olas. No conocemos el pasado porque un día optamos por olvidar y sin embargo siempre habrá quien insista en que él siempre fue mejor. Trato de imaginar la textura de un sobre en mis manos y la emoción al descifrar letras familiares, las del hermano que añoramos, las del amigo que nos desconcertó con un abrazo de consuelo, las noticias de quienes ya no queríamos escuchar tan lejos. Seguro que fue bonito, no dudaré, pero nunca mejor para quienes no lo conocimos.

Enciendo el ordenador por la mañana y aunque apenas tarda en hacer acto de presencia la foto del escritorio, espero a que un tropel de ventanas aparezcan sin que nadie lo pidiera y que recuerdan quién fui ayer tarde. También el programa de mail arranca sin permisos y entonces y con frecuencia sucede algo especial. Un puñado de correos exigen una atención, mails con lucecillas rojas a la espera de que apaguemos su destello pulsando una tecla que advierta de que por fin se ha leído. Y ese alguien somos nosotros porque son nuestros escritos, los que nos hablan y en ocasiones emocionan. Palabras al fin y al cabo y que en la neutralidad de una tipografía más, también capaces de salpicar con chispa. Eso también es bonito.

Curioso legado dejamos a nuestros hijos al insistir en eso peor de esta vida que toca vivir. Educamos en la mirada hacia el otro que siempre fue mejor que nosotros, hacia un tiempo que también fue mejor que el nuestro y hacia fuera porque duele mirar hacia dentro. Y puedo ponerme triste y decir que sí, que probablemente sea un buen modo de educar porque no dudaré. Pero nunca mejor para quienes confían en que eso que vivimos también refresca los deditos de los pies en una ola de ordenador. La que se siente incluso desde unos ojos cerrados. Un beso José y muchas gracias por acercarme a un pasado tal vez mejor, pero en este presente bonito.

 

FotoRicardoMartinHerrero

Aquí nos cabe la duda porque quién nos asegura silencios repantingados en un interior con ventanas abiertas y vistas al mar. No sabemos si algo escapa a simple vista y qué fortuna si es así porque se agradece ese carácter poroso de la comunicación. Porosa y esponjosa, comunicación de la que se desliza. Comunicación antroporosa por ejemplo, capaz de colmarte alojada en un interior que no es el tuyo. Y capaz de atravesar cada poro de tu piel, por lejos que estés.