Presuponemos la honestidad del discurso y despistamos el esfuerzo de disociación. Pero ese esfuerzo no siempre es recompensado porque las piezas se ubican en jurisdicciones distantes. La falta de honestidad plantea también un formato, y honrado, si previo aviso. Atentos a quienes se integran con demora, los tertulianos de radio recuerdan al oyente una y otra vez el asunto del coloquio. No así el texto, cuyo espacio disuade en sus milímetros el exceso de insistencia que justifica la lectura. En cambio, dilapidamos los segundos forzando la voz mientras el milímetro refleja el eco a lo largo del tiempo. Es una cuestión de sustancias, familiarizarse con cómo nos atienden. A veces preferiría otro medio porque en este no sé gritar. Vertidos en esta pantalla, sólo podemos ser buscados y escuchados desde un atractivo ceñido a la anatomía de una página rara y harta de letras. Malos tiempos para el deseo.

Imagine a su interlocutor haciéndose el gracioso hablando de la desnutrición infantil de la que intentan escapar cada vez más familias españolas. O del maltrato que sufre la vecina del cuarto. O de los más de dos millones de ciudadanos catalanes que han dicho sí, sí. O de la fila de parados de la oficina del barrio, vecinos de toda la vida que ahora luchan contra un posible desahucio. Imagine y valore. Seguimos llamando humor al formato agudo que manipulado con pericia arranca la risotada en el lado que no toca. Y lo llaman humor cuando en realidad quieren decir atrocidad.

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Leo el discurso y me consuelo porque vuelvo a creer que es en la utopía donde verdaderamente nos hemos acuartelado, un exceso que deteriora el medio ambiente, lo avinagra. El drama actual consiste en levantarse de la cama recalando el pensamiento allí donde la tentativa bípeda se convierte en un esfuerzo sobrehumano. No hemos logrado sofocar la evolución por más que tratemos de extinguirnos con esta actitud sedentaria y eso sí que tiene mérito, aunque sólo atribuible a la naturaleza en su conjunto. Por algún motivo seguimos aquí.